Hollywood, inequívoca proyección de la Casa Blanca, se ha decantado, descaradamente por la guerra. Los premios a “En tierra hostil”, esa película propagandística que ha dirigido, más mal que bien, Kethryn Bigelow, y que no es otra cosa que un canto a las fuerzas norteamericanas de ocupación en Irak, responde a la política exterior estadounidense (tanto da que este Obama o Busch) de corte imperialista y conquistador, como el antiguo imperio romano, y que dimensiona en héroes a los soldados del Ejército estadounidense. Porque la historia de ese artificiero cuya adrenalina y testosterona se disparan cuando va a desactivar una bomba resulta tan macabra como patética. Que “Avatar”, otra película sobre un genocidio (no importa que sea en un futuro y un planeta ficticio), que ha batido récords de taquilla (falsos, porque las entradas son más caras y el dólar no está igual que hace 20 años), haya sido la segunda en premios reafirma esa tendencia del cine de Hollywood a premiar la beligerancia que los Estados Unidos siguen extendiendo por todo el mundo. Premios que nacen de los intereses ideológicos e industriales y que sólo sirven para reafirmar que los Oscar, como el resto de premios de cualquier actividad humana, sólo sirven para promocionar mejor, para vender más, para alienar hasta el infinito. Esa supuesta lucha entre “Avatar” y “En tierra hostil” (el título ya es toda una declaración de principios) no es más que una nube de humo para disimular la verdadera dimensión de los premios, por cierto, aplaudidos por la izquierda progresista norteamericana y algún que otro españolito perdido entre las butacas del Kodak Theatre. Por lo demás, esta 82 edición de los Oscar ha seguido la tradición del aburrimiento, el exceso y la verborrea, con toda la parafernalia de vestidos, peinados y joyas, para que los especialistas en cursiladas y los que no, hayan podido decir tonterías sin par. Los otros premios, los verdaderamente cinematográficos, han caído, como no podía ser de otra manera, del lado de la lógica. Jeff Bridges es sin lugar a dudas el mejor actor (de los nominados) por “Corazón rebelde”, Christoph Waltz el indiscutible mejor actor de reparto por ese oficial nazi irrepetible en “Malditos bastardos”, Mo’Nique la más consistente mejor actriz de reparto por un personaje complejo y al límite en “Precious”, y queda la incógnita de Sandra Bullock, porque “The Blind Side” todavía no se ha estrenado en España, que ha tenido doblete con este Oscar y el premio Razzie como peor actriz por su trabajo en “All About Steve”, también sin estrenar en nuestro país. Los dos premios para “Up” (mejor película de animación y mejor banda sonora para Michael Chiaccino) incuestionables y el premio a “El secreto de sus ojos” la gran sorpresa de la noche, porque ante esa obra maestra que es “Un profeta” (incluso ante la más que polémica “La cinta blanca”), huele más a política exterior hacia Latinoamerica que a valores cinematográficos comparativos, sin que ello no quiera decir que la película de Campanella es más que digna. Un repaso frío y desapasionado al palmarés de esta edición muestra la doble cara de Hollywood. Se premian dos películas bélicas, se premia por primera vez (después de tres candidaturas anteriores) a una mujer como directora, se premia a una actriz afroamericana, se premia a una película latina (y económicamente algo española) y todos contentos y no comiendo perdices pero si brindando con champán. Como siempre el circo mediático ha sacado y sacará partido de esa fiesta de los engaños, el boato y la hipocresía, mientras buena parte del mundo (el planeta Tierra incluido) se debate en una crisis de identidad, que no es más que la habitual de los primeros diez años de una vida que tiene cien años.
Por: Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos |