Muerte, lo que se dice muerte física, cerebral, total, solo hay una, pero defunciones, lo que se dice defunciones profesionales, artísticas o de relación hay muchas y muy variadas. Con los más recientes estrenos se han producido, de forma consecutiva y, evidentemente, preocupante, tres sonadas defunciones de otros tantos, en su momento, destacados directores de cine como Fernando Trueba, Ken Loach y François Ozon. El primero, Fernando Trueba, ha fenecido a causa de un inimaginable “baile de la victoria”, que le ha cogido a contrapié y en donde el hasta siempre acertado Ricardo Darín (comparar su trabajo con el de “El secreto de sus ojos”) está horroroso, y es que no hay que peor para un intérprete que no creerse a su personaje. ¿Estará Trueba galopando por las calles de Santiago de Chile? El segundo, Ken Loach, ha fenecido acosado por ese cáncer narrativo que es Paul Laverty (un progre de izquierdas que vive como los burgueses de la derecha), también ha fenecido a manos de Eric Cantona, gran jugador de fútbol y gran maleducado social, convertido en fantasmal psicólogo de un cartero de Manchester que, además de infinitos problemas familiares, suelta un promedio de cuatro tacos cada tres palabras (no hay nada como las palabrotas para hacer real la estupidez general de la actual sociedad) ¿Estarán Loach y Laverty enriqueciendo el amable lenguaje de sus personajes en pleno partido Manchester United-Manchester City? El tercero, François Ozon, ha fenecido en alas de una metáfora metafórica (valga esta tontería y/o estupidez semántica) para definir el enorme batacazo que es “Ricky”, la historia de un niño con alas y de una madre que es el ejemplo moderno de la maternidad neurótica y mal asumida. Tres grandes directores en su momento fenecidos cinematográficamente por sus ambiciones, malas compañías y delirios de grandeza, que han desaparecido, artísticamente hablando, del panorama del cine mundial. Y es que la defunción creativa (nunca definitiva ya se sabe, porque ahí está Woody Allen con “Si la cosa funciona” para demostrarlo) de tres grandes directores (a quien tuvo se le ha de reconocer que tuvo) son la prueba más palpable de cómo está el cine actual. Perdido, eso sí, como la sociedad misma que retrata, en dimes y diretes de menor cuantía, en los sí pero no, a nuestra sociedad seudodemocrática, cada vez más abocada a una dictadura enmascarada, en mirarse el ombligo, decirse lo guapo que es y creerse que es la quinta esencia de la imaginación, de la creatividad y de la libertad. Pues no, películas como “El baile de la victoria”, (promovida de forma vergonzosa a los Oscar, por aquello de que Fernando Trueba es conocido en Los Ángeles, en detrimento de la excelente “Celda 211”), “Buscando a Eric” y “Ricky” son tres muestras de que no basta haber sido buen director en un momento determinado, hay que serlo siempre, porque cada nueva película es un examen más de reválida, un peldaño más en la escalera profesional y que un tropezón, un paso a contrapié, una despiste, puede acabar con la mejor y más brillante de las carreras profesionales. Defunciones (artísticas, profesionales, etc) hay muchas en la vida cotidiana, pero las del cine, para bien o para mal, son las más sonadas.
Por: Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos |