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#530 - ¡BENDITA CELDA!

Cuando el camino del cine español estaba trufado de ilustres cadáveres (Almodóvar, Coixet, Garci, Trueba -Fernando-, Amenábar, González-Sinde...), en estas llegaron dos películas que rompían el esquema del cine español parasitario y recurrente: “Agalla” y “Gordos”. Y para que la cosa no quedara como un hecho aislado, llega “Celda 211”, la mayoría de edad de Daniel Monzón, como demostración de que en nuestro país hay temas para tratar, que no hay que irse a Japón o a Chile, ni rebuscar en míticas bibliotecas, ni explicar los fantasmas interiores o repetir las mismas tontas comedias de treintañeros en crisis. Y llega un thriller en clave gallega, y llega una comedia en clave de contradicciones, y, sobre todo, llega una denuncia en clave de motín carcelario, liderada por un “Malamadre” auténticamente excepcional, un personaje de esos que dignifican el cine, que dimensionan al actor. “Celda 211” es la película más política que se ha hecho en el cine español en los últimos años, una rabiosa denuncia de la inoperancia de los responsables del orden social, de los políticos elegidos democráticamente, todo ello, a través de un motín en una cárcel española donde, por casualidad, queda encerrado con los amotinados un nuevo funcionario de prisiones. Con un guión sólido (aunque en algunos momentos, los del exterior de la prisión, menos logrados), una dirección iluminada y una interpretación impecable de Luis Tosar (que por cierto no necesita para nada ni premios ni prebendas, porque ya esta premiado con el personaje que le ha tocado en suerte), “Celda 211” es ese cine que, dentro de la oscuridad que vive el cine español, permite ver una luz al final del túnel. Un ejemplo de que se puede hacer una película de género (carcelario) y decir otras muchas cosas en la vorágine de un motín en una penitenciaria.
Un ejemplo de que cuando hay personajes bien desarrollados en un guión trabajado y trabajado, los intérpretes dan la medida de sus capacidades artísticas. Samuel Martín Mateos/Andrés Luque Pérez, Daniel Sánchez Arévalo y Daniel Monzón pueden marcar el futuro de una renovación en el cine español anquilosado por los intocables, tanto en el campo de la dirección como de la interpretación. Neuronas nuevas para un cine que no esté al servicio de nadie, que no viva de las subvenciones o de los movimientos de cejas, que sea libre como debe ser el artista, el creador, el intelectual. Libre para decir lo evidente y para denunciar lo oculto. Un cine que no esté en manos de unos pocos, que no se mueva a golpe de normas y que tenga la posibilidad de conectar, de una vez por todas, con el espectador español, que es con quien debe mantener la más bella historia de amor y de comunicación jamás contada. Ellos son la esperanza, para que el cine español no termine, inexorablemente, en una rama más de la burocracia ministerial.

Por: Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

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