“El actor ha muerto, viva el actor”, es el mejor epitafio para uno de los pilares que a lo largo de más de medio siglo ha tenido el cine español: José Luis López Vázquez. Siempre se dice, aunque sea un tópico, que con la desaparición de tal o cual persona que ha dejado tras ella una carrera pública de reconocido mérito, se pierde una parte de algo, de una generación, de un pensamiento, etcétera. En el caso de José Luis López Vázquez, como en el de otros intérpretes cinematográficos, el cine (ese curioso milagro que nos permite seguir mirando a los muertos como si estuvieran vivos) perpetúa la vida y la carrera de uno de los intérpretes más singulares que ha tenido, no tan solo el cine español, si no el cine universal.
Nacido en Madrid 1922, José Luis pertenece a ese ejemplar grupo de actrices y actores españoles que se han formado en la única escuela que forma al intérprete: el teatro (y no como ahora que los jóvenes intérpretes del cine español llegan directamente de la televisión y absolutamente desnudos de las tablas teatrales, que son, se quiera o no se quiera, el espacio donde se forja un intérprete). Combinando teatro con sus primeros pinitos en el cine (de la mano, nada más y nada menos, de otros dos nombres claves de la historia del cine en España como Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga), en una corta aparición en “Esa pareja feliz” (1951), López Vázquez muy pronto, después de triunfar en el teatro con una obra tan emblemática como “Una muchachita de Valladolid”, inicia, ya como protagonista, una carrera prodigiosa en el cine, al trabajar con Marco Ferreri en “El pisito” (1958) y “El cochecito” (1960), con Berlanga en “Plácido” (1961), dando vida al inclasificable Quintanilla, con José María Forqué en “Atraco a las tres”, como el inefable cajero Galindo, con Fernando Palacios en “La gran familia” (196), como el padrino, o con Berlanga en “El verdugo” (1963), como el meticuloso sastre. Hasta ese momento, José Luis López Vázquez, el actor, estaba encasillado como caricato, pero fue gracias a la perspicacia de Carlos Saura (otro nombre de oro en la historia del cine español), cuando muestra su mejor registro dramático con “Peppermint frappé” (1976). Y es precisamente, entre 1967 y 1974 cuando pondrá en pie algunas de sus interpretaciones magistrales dentro de este campo como el parapléjico de “El jardín de las delicias” (1970) y el Luis-Luisito Cano de “La prima Angélica” (1973), ambas de Carlos Saura, el buhonero asesino de “El bosque del lobo” (1970), de Pedro Olea, la especial doña Adela de “Mi querida señorita” (1971), de Jaime de Armiñan, el reconcentrado don Ramiro de “Habla, mudita”, de Manuel Gutiérrez Aragón, y sobre todo, a nivel más popular, el ciudadano atrapado en “La cabina”, (1972), la producción televisiva de Antonio Mercero con guión de José Luis Garci. Incansable profesional del cine, el teatro y la televisión, José Luis López Vázquez, con más de doscientas cincuenta películas en su haber y cerca de trescientos personajes a sus espaldas es el ejemplo perfecto del profesional entregado en cuerpo y alma a su trabajo y a su vocación. Hasta sus últimos días, antes de que la enfermedad lo aislara en su domicilio, José Luis siguió trabajando en el cine, cerrando su ciclo interpretativo en 2007 con ¿Y tú quien eres?”, a las órdenes de Antonio Mercero, el hombre que lo convirtió (gracias a “La cabina”) en el mejor representante del españolito medio. La muerte se ha llevado a José Luis López Vázquez, pero el cine nos dará siempre a José Luis, el siempre y presente e imborrable López Vázquez.
(Coda: Felicidades, muchas, para Manuel Gutiérrez Aragón, flamante premio Herralde de novela por “La vida antes de marzo”. Tras 35 años dedicados al cine y 23 películas, se ha pasado a la narrativa escrita, y es que el creador siempre es creador, sin importar el medio.)
Por: Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos |