El reciente visionado de “Destino: Woodstock”, la última y muy interesante película de Ang Lee, me ha hecho reflexionar (bendito cine que siempre nos provoca ir más allá de lo visto) sobre lo difícil, complejo y arriesgado que es cerrar una historia. Si siempre se ha mantenido (y en buena parte está más que comprobado) que el arranque de una película (que se puede hacerse extensivo a la literatura, el teatro o el cómic) es fundamental para captar la atención del espectador (o lector) y así mantenerlo atento a toda la proyección (lectura o representación), no es menos cierto, aunque se le dé menos importancia, que cerrar una historia, tanto argumentalmente como narrativamente, es tan o más difícil que iniciar una historia. Si nos paramos a pensar, en buena medida, una historia de ficción, o una historia basada en hechos reales (el mismo “Destino: Woodstock” o “El soplón!”, por poner dos ejemplos presentes en las carteleras españolas) puede compararse al nacimiento de un ser humano (o de un animal, si se quiere). El nacimiento siempre es algo atractivo, esperanzador, con futuro (es decir con historia, mejor o peor, pero con historia). Mientras que la muerte, el final de ese mismo ser humano no despierta ninguna pasión, ninguna esperanza. Es un cierre definitivo e imposible de esquivar. Es el final de los finales. ¿Pero que final debe tener la historia de una película, de una novela, de una obra teatral, de un cómic? Ese final para el autor, es la muerte de su obra. ¿Pero en que momento debe matar la historia? No es nada fácil matar a los personajes que durante meses (incluso años, en el caso de más de una novela, el ejemplo que me viene a la cabeza es el de Sandro Veronesi y su novela “Caos calmo”, como se recordará llevada al cine en 2008 por Antonio Luigi Grimaldi) han formado parte íntima de la vida del autor. Cerrar una historia, en el momento justo, con el lenguaje adecuado es todo un reto. El ejemplo más cercano de error al cerrar una historia es el de la mencionada película de Ang Lee “Destino: Woodstock”. Un inicio ejemplar, esplendoroso, que capta inmediatamente la atención del espectador, que sigue con un ritmo trepidante, aportando nuevas miradas sobre el famoso e histórico festival de música, se va diluyendo, poco a poco, justamente a partir del momento en el que el protagonista Elliot Teichberg hace su primer “viaje” psicodélico, para acabar de mala manera, repitiendo e insistiendo sobre aspectos que ya se han desarrollado en las tres primeras partes de la película. No es nada fácil cerrar una historia, unas veces porque el autor no sabe (quizás sean la mayoría), otras porque no hay nada que cerrar (esas historias de puntos suspensivos, que dejan al espectador la facultad de cerrar él la historia y que son, sin lugar a dudas, los mejores broches de oro para una gran película) y el final, o el cierre, condicional, tan explotado por el cine de Hollywood, porque ya se está preparando la secuela (o incluso ya está rodada). Cerrar con acierto, con equilibrio y templanza una historia no es nada fácil. Es quizás el momento de mayor riesgo para un autor porque, se quiera o no, el espectador (lector) siempre se queda (nos quedamos) con lo más reciente que han registrado nuestra retinas y nuestro cerebro. Cerrar una historia es tan difícil como iniciarla, pero quizás tiene un punto más de riesgo, marca un final para siempre.
Por: Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos |