De Maribel Verdú les hablaba, recientemente, esa joya del periodismo cinematográfico que es Jordi Motlló, cuyo trabajo al frente de “Cien de Cine” no me cansaré de alabar, no porque me permita emborronar con mis escritos sus cuidadas páginas, si no porque me parece uno de esos luchadores que transmiten valores, fuerza y determinación en un mundo como el del cine e Internet que es muy complejo de transitar. Y lo hacia sobre el Premio Nacional de Cinematografía que se le ha concedido, argumentando una serie de reflexiones que comparto en su totalidad. Pero en este caso no se trata de reafirmar las acertadas opiniones de Jordi Motlló, si no de dirigir mi mirada a otro aspecto de la carrera de esta actriz singular que, bien mirado, no se merece el mediocre cine español.
Si tras ver “Tetro”, esa nueva maravilla de Francis Ford Coppola, una especie de “El Padrino” en blanco y negro, los espectadores no salen del cine vitoreando el nombre de Maribel Verdú es que, definitivamente, no solo ha muerto el cine español si no que han muertos los espectadores españoles. Pocas veces una actriz española había ocupado la pantalla con la potencia, dimensión y fuerza como lo hace Maribel Verdú a la hora de dar vida al personaje de Miranda (uno de los personajes femeninos más interesantes desarrollados a lo largo de su filmografía por Coppola), en una titánica lucha interpretativa con actores de la talla de Vincent Gallo y Elden Ehrenreich. La presencia de Maribel Verdú en “Tetro” es un valor añadido a la película, porque en ella concitan todas las emociones que propone la película, y que ella, la actriz, sabe dimensionarlas como sólo una gran intérprete sabe hacerlo. Tras el fiasco de Penélope Cruz, elevada a los altares del cine no se sabe bien por qué operación promocional, el descubrimiento de Maribel Verdú como intérprete de nivel internacional, más allá de las pequeñeces que en tantas ocasiones ha tenido que hacer en el cine español, dirigida por profesionales de poco calado, en historias de menor cuantía, es como una bocanada de aire fresco en el enrarecido ambiente de un cine español que vive de las revistas de color rosa y de los nombramientos a nivel de intereses personales. Por otra parte, es imprescindible razonar que la presencia de Francis Ford Coppola como director ha sido para Maribel Verdú una especie de master interpretativo, todo lo contrario del pobre Woody Allen y su patética “Vicky Cristina Barcelona”, donde además de todos los males ya conocidos y aireados la dirección sobre Penélope Cruz era tan lamentable como poco profesional. Si Maribel Verdú ya había demostrado en el escuálido cine español sus dotes de gran intérprete, su consagración como Miranda en “Tetro” la convierte en la actriz más excelsa que ha dado la cinematografía de nuestro país en los últimos tres decenios y la convierte, por méritos propios, en la profesional más digna de la cinematografía nacional, más allá de premios, loas, alabanzas y todo ese guirigay que tanto gusta a los del sindicato de la ceja, porque no hay nada más terrible en la condición humana que no ver más allá de su ombligo.
Por: Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos
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