Que el cortometraje español le da mil vueltas al largometraje español no necesita demasiadas demostraciones científicas ni emocionales, basta leer el excelente trabajo de Juan Antonio Moreno Rodríguez “Cine en corto. Una aproximación a los últimos cortometrajes españoles” (comentado en al sección de libros del número 517 de “Cien de Cine”) o acercarse a la bella localidad murciana de Mula (donde he tenido ocasión de estar como miembro del jurado de cortos -perdóneseme la alusión personal pero buena parte de nuestro conocimiento se basa en nuestra experiencia- del Festival Nacional de Cortometrajes que llega ya a su decimosexta edición), para darse cuenta, sin rectificación posible, de que el corto español vive el momento más rico de su existencia, pese a que no tiene la presencia que se merece en las salas de exhibición. Y esto retrotrae a aquel feliz momento en el que la nunca olvidada Pilar Miró, cuando era Directora General de Cinematografía, provocó que en los cine comerciales y antes de la proyección de los largometrajes se proyectaran cortos, esencialmente españoles. Visionando los cortos que acudían al Festival de Mula se descubre, no sin un cierto rubor por aquello de que la ignorancia propia siempre nos avergüenza, que el nivel del cortometraje español es de una calidad, una imaginación y una profesionalidad que ya quisieran para sí los largometrajes que en estos momentos se producen en lo que con tanto optimismo llamamos cine español. Historia originales, interpretaciones acertadas y brillantes (algunas de ellas por profesionales procedentes del largometraje), cabales direcciones y una calidad técnica (tanto en blanco y negro como en color) que deja bastante asombrado si, como el que esto firma, no se ha seguido con la obligada atención la evolución y el momento actual del cortometraje español. Que Mula sea una ciudad tan bella como acogedora, que sus habitantes se caractericen por su innata amabilidad y cariño con los forasteros o que la organización del XVI Festival Nacional de Cortometrajes, que se celebra en el seno de la XXI Semana de Cine Español, que hacen de Mula un lugar de referencia dentro de las actividades cinematográficas de nuestro país, no influye para nada a la hora del descubrimiento de que el cortometraje español está muy por encima del largometraje, pese a las diferencias de presupuestos y, sobre todo, a la poca atención que, en general (y que nadie se sienta aludido), los medios de comunicación dedican al mismo. Bien es cierto que las televisiones (de todo tipo) si dedican espacios al corto español, pero no es menos cierto que no hay nada más vulnerable que la pequeña pantalla para que el terrible zapping deje en nada las emisiones de cortos en televisión y en horarios que no son, precisamente, los de más audiencia. En la memoria de todos los aficionados, por no hablar de los cortometrajistas, que lo deben llevar grabado en el corazón, está la afrenta que hizo la Academia de Cine cuando en la XXII edición de los Premios Goya quiso excluir la entrega de los premios a los cortos de la ceremonia de entrega de los galardones, que como se sabe se transmite por Televisión Española. Con actitudes como está parece casi imposible que el corto español tenga el lugar que se merece en el panorama cinematográfico, si bien “un pajarito” me ha comentado que el nuevo responsable del ICAA (del que ya hablaremos en un próximo Fundido en negro) se ha comprometido a dar mayor proyección a los cortos del cine español. Esperemos que sea verdad, pero mientras tanto, a los que luchan en ese hermoso campo de la creación que es el cortometraje felicidades y que la fuerza os acompañe.
Por: Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos
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