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#517 - ADIÓS, PEQUEÑO SALTAMONTES, ADIÓS

Hay momentos en la vida en los que desearías no leer el periódico, no escuchar la radio o no ver/oir la televisión. La muerte siempre es un mal trago, sea muy ajena, no tan ajena o propia. Pero siempre es un peor trago cuando la fatalidad sobrevuela esa muerte. El accidente del avión de Air France es un hecho tremendo, tan doloroso que no hay palabras para poder reflexionar con serenidad sobre tanta muerte, tanto dolor, tanta desesperación. La muerte de David Carradine, perdido en una habitación de un hotel de Bangkok -según la policía local apareció ahorcado-, no es ni más trágica ni más dolorosa que las de los pasajeros y tripulación del vuelo de Air France, pero si adquiere esa naturaleza de individualidad y de fama que condiciona, y mucho, la dimensión mediática. Y, curiosamente, las dos tragedias, la colectiva y la individual, se hermanan con el cine. La primera, porque el cine en numerosos ocasiones ha tratado el tema de los desastres aéreos, suavizando la verdad descarnada, tremenda, imposible de recoger en imágenes, porque hay imágenes que el ojo humano no puede resistir. La segunda, porque David Carradine ha sido (y seguramente seguirá siendo) para muchas generaciones de espectadores el inolvidable “pequeño saltamontes” de la popular serie televisiva de los años 70 “Kung Fu”. Una serie donde se proponía una forma de vida basada en la serenidad del alma, en la perseverancia contra el dolor, en la fuerza de la mente y del corazón. Y, precisamente, ese alumno aventajado del viejo maestro, ese “pequeño saltamontes” tan ejemplar, ha tenido que acabar sus días en la habitación 352 del hotel Park Nai Lert de Bangkok, de forma tan trágica como incomprensible, tan absurda como dolorosa. ¿Qué nos mueve a los humanos? ¿Qué misterios abundan en nuestra naturaleza que ni nosotros mismos los sabemos? Las eternas preguntas de la vida, que ni filósofos, científicos, pensadores y eruditos pueden contestar con un mínimo de certeza. El único hecho es la muerte. Colectiva o individual (objetivamente la muerte siempre es individual), la muerte sobrevuela constantemente nuestro espacio vital, dejando un único resquicio a la esperanza. Que nada haya sido inútil, que todo lo hecho y deshecho haya servido para alguien, que las huellas, aunque se borren, hayan hecho camino para los otros. Esa esperanza, en el momento crucial del tránsito, es la que debe prevaler en todo momento. Sea la vida misma, sea la vida virtual que ofrece el cine. Únicamente con esta herramienta se puede caminar con confianza, sin miedo a uno mismo, sin dolor ni rabia. En cierta medida, todos somos unos “pequeños saltamontes”, necesitados de un maestro que nos transmita seguridad y confianza, que nos haga descubrir nuestras fuerzas y nuestras flaquezas, para poder llevar con la dignidad suficiente la propia vida y las vidas ajenas. El cine y la realidad se mezclan y confunden, pero el dolor es único, es el de la imposibilidad de entender.

Por: Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

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