Ya se sabe que las mentiras son gordas y las verdades delgadas, porque para desarrollar una mentira deben ser tantas las vueltas y revueltas que se dan para construirla que queda, irremediablemente, gorda, mientras que las verdades, como son directas, sencillas, contundentes y siguen la línea recta, son tan delgadas como estilizadas y elegantes. También la droga (otra mentira y gorda sobre la libertad, el autocontrol, la euforia y la alegría sin par) es gorda cuanto más dañina es, y hasta el sexo, cuanto más mecanizado (es decir más gordo) más mentira es. En el juego de las verdades y las mentiras (al que la especie humana ha jugado, juega y jugara eternamente) siempre destacan los que además de mentir ofrecen la parte más ridícula de sí mismos. Es lo que les ha pasado a esa pareja de aparentes enfants terribles del cine español que son Alfonso Albacete y David Menkes, quienes con una filmografía que da grima (recuérdense peliculitas como “Atómica” (1998), “Sobreviviré” (1999), “I Love You Baby” (2001) y “Entre vivir y soñar” (2004), tan pedantes como olvidables), han rozado el rizo de los despropósitos y de lo impresentable con esa cosa que titulada “Mentiras y gordas”, que no es más que una sucesión de postales sobre sexo, droga, alcohol y discotecas, de un grupo de jovencitos (a los que hay que añadir un treintañero inmaduro), que pasan el tiempo perdiendo la vida y sin saber interpretar el famoso “Carpe diem”, que “El club de los poetas muertos” puso de moda y que como se debería saber quiere decir “aprovecha el día, no lo malgastes”. El estreno de “Mentiras y gordas” vuelve a poner en evidencia la esquizofrenia que vive el cine español. En un extremo del péndulo la insufrible y seudo película de autor que firma Pedro Almodóvar, quien en un callejón sin salida se repite en “Los abrazos rotos”, y en el otro esa vergonzosa basura que es “Mentiras y gordas”, porque lo que más indigna del dúo Albacete&Menkes es que el tema es tan importante como serio, tan interesante como complejo y, precisamente por ello, no puede ser tratado de forma superficial, tópica y vulgar. Que una parte de la juventud española tenga los esquemas de los jóvenes protagonistas de la película es un tema tan serio como la crisis económica, el Plan Bolonia o la polémica sobre el aborto y no puede ser tratado de forma burda e inconsciente, explotando aspectos que deberían estar ya superados por los cineastas españoles como es el sexo, que por ofrecerlo de forma más explícita no van a llenar más las salas. Y no se trata de ser mojigato ni de escandalizarse por nada sobre esos temas, pero cualquier espectador que haya visto la película estará de acuerdo conmigo que la pareja de directores se recrea más con las escenas de sexo que con las de drogas, cuando, precisamente, el final de la película viene a ser una denuncia brutal (aunque esté rodado con una insufrible cámara lenta) sobre el peligro de las mismas, en una clara demostración de que han ido a apostar por lo más superficial del tema. Entre Pinto y Valdemoro (entiéndase Almodóvar/Albacete&Mekas) el cine español sigue navegando a la deriva, perdido en sí mismo y con muy pocas esperanzas de encontrar el rumbo adecuado para que el viaje acabe en buen puerto.
Por: Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos
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