“Lo viejo y lo nuevo!” es el título de la última película muda que dirigió en 1928 Sergei Mihailovich Eisenstein, y aunque la tengo olvidada en el recuerdo (por lo tanto estoy en deuda cinematográfica con uno de los maestros del cine) su título me sirve para el “Fundido en negro” de esta semana, donde el vacío argumental pesa como una losa. Se habla mucho de “El miedo del portero en el área de penalti” (otro título famoso en este caso el de una narración que escribió el novelista alemán Peter Handke en 1970), pero quizás poco del miedo del articulista, escritor, periodista, crítico o lo que sea, ante la pantalla parpadeante y fría del ordenador (antes era el folio en la máquina de escribir, muchos antes el papel blanco bajo la pluma, mañana nadie lo sabe), porque no hay nada más angustioso que marcarse el deber de escribir sobre cine y descubrir que todo es viejo y todo nuevo, que el miedo del portero en el área de penalti no es más que la soledad ante tus propias palabras y que siempre como unas “Naves misteriosas” (otra referencia cinéfila ahora dedicada a Douglas Trumbull y su excelente película de 1971) la inseguridad planea sobre nuestras cabezas. Mirando con microscópica atención el panorama del cine actual se descubre que el ciclo se repite inamovible como “Las cuatro estaciones” (ahora el turno le ha tocado al compositor Antonio Vivaldi y sus cuatro maravillosos conciertos para violín y orquesta), y todo lo nuevo se revierte en viejo y viceversa, porque como ocurre cada año, por estas fechas, hay que cuidarse de los idus marzo (ahora es Shakesapere y su inigualable “Julio César”) especialmente por lo que hace referencia a la cartelera. El panorama de estrenos, después de la resaca de los Oscar, es tan escuálido, tan asténico, tan frágil, que resulta casi imposible curiosear en una guía sin ser asaltado por los ya aburridos títulos de las películas premiadas en Hollywood. Marzo es un mes complejo, traicionero, donde el señor Invierno deja paso, pero a regañadientes, a la Primevera y ésta, señorita inocente, al fin y al cabo, llega un poco asustada ante tanta responsabilidad. Al cine le pasa un poco igual. Las tormentas oscarizadas asolan las salas de exhibición y es difícil ver asomar entre tanta invasión de premios algún título nuevo de interés. Las estanterías de los distribuidoras funcionan como en una juguetería (“Toys”, de Barry Levinson en el recuerdo) donde los rollos de películas se empujan unos a otros para salir pronto del ostracismo y poder airear sus celuloides, como mínimo, una semana. Es más de lo mismo, es lo viejo y lo nuevo, que como un carrusel sin fin, como la famosa cinta de Moebius (ahora le toca al cómic y al gran historietista francés Jean Giraud), se repite una y otra vez. Y mientras tanto el texto se ha ido conformando, este “Fundido en negro” está acabando, y como escribió el inmortal Lope de Vega en “Un soneto me manda hacer Violante: “Ya estoy en el segundo, y aun sospecho/que voy los trece versos acabando;/contad si son catorce y ya está hecho”.
(Coda: Dedicado con todo cariño y respeto a quien tiene la santa paciencia de leerme. Gracias)
Por: Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos |