“La duda” es una interesante y polémica película de John Patrick Shanley basada en su propia obra de teatro que, como muy bien indica su título, no tan solo crea la duda en su protagonista (magistral Meryl Streep) si no en el mismo espectador, tal como interesa al autor que quiere hacer llegar más allá del texto teatral y de la pantalla ese aspecto inquietante de la duda, según el Diccionario de la Lengua España en su primera acepción. “Suspensión o indeterminación del ánimo entre dos juicios o dos decisiones, o bien acerca de un hecho o una noticia”. A partir de esta definición, de la película de John Patrick Shanley y del estado de ánimo que le toca vivir al personaje de Meryl Streep, quiero proponer a los ilustres académicos de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood que cambien el nombre del premio Oscar (ya se sabe la anécdota suficientemente) por el de “Duda”. Porque duda o mucho mejor dudas (en plural) es lo que producen los recientes premios de la Academia. Que mejor que darle el premio “Duda” a la internacional Pe Cruz por su mediocre trabajo dando vida al insoportable personaje de Maria Elena en “Vicky Cristina Barcelona”, ya que uno (y creo que más de uno) duda del mismo ante trabajos mucho más solventes como los de Marisa Tomei en “El luchador” o “Amy Adams en “La duda”. Y que decir de los premios a esa cosita tan simpática y agradable de ver como vacía de dimensión dramática que se titula “Slumdog Millionarie”, en detrimento de películas tan sólidas y, evidentemente, sin “happy end” (que es lo que gusta en Hollywood), como “El luchador” y “The Reader (El lector)”, donde los suicidios finales no están bien vistos por la moralidad norteamericana; sin olvidarnos de la vulgar banda sonora de A. R. Rahman (uno de los famosos compositores de Bollywood) y la nefasta canción “Jai Ho” (puesta con calzador en la película, no se sabe si como cuota que ha tenido que pagar Danny Boyle para presentar la India que presenta). Sin olvidar, claro está, el cambio de tercio a la hora del premio al mejor actor, donde la tradición marcada por los Globos de Oro se rompió en beneficio de Sean Penn (por cierto en la entrega de los César tenía una cara de malhumor que paraba un tren), lo que le permitió hacer el esperado “speek” gay para satisfacción de lobbys y progresistas de pro. Por eso y tantas cosas más, que mejor que cambiar el nombre de Oscar por el de “Duda”, más acorde con la trayectoria histórica que ha tenido a lo largo de estos 81 años los Premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood. Así, los pacientes aficionados cinematográficos podrán comprender las dudas que han tenido los ilustres académicos estadounidenses a la hora de enfrentarse a esa indeterminación de ánimo entre dos juicios o dos decisiones, algo que, afortunadamente, los que estamos muy lejos de la alfombra roja, del glamour de los vestidos y las joyas, de los lobbys y los productores intrigantes, no padecemos, porque no tenemos la menor duda que (salvando brillantes presencias como la de Hugh Jackman) los Oscar, como es históricamente cierto, no son más que una merienda de amiguetes en el sentido más peyorativo del término.
Por: Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos |