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#500 - PREMIOS Y MARKETING

Los que me lean (o el que me aguante) ya saben, perfectamente mi opinión sobre los premios (de todo tipo), que me parecen una reminiscencia infantil de tiempos pasados, que en este siglo XXI deberían ser abolidos por ley como tantas otras cosas se están aboliendo. Pero, como ha ocurrido con otros aspectos de la sociedad, los premios se han convertido en un elemento más del marketing (palabra que el Diccionario de la Real Academia ya acepta aunque traslada al término mercadotecnia y que en su primera acepción define como: “Conjunto de principios y prácticas que buscan el aumento del comercio, especialmente de la demanda”. Precisamente eso es lo que persiguen los premios (de todo tipo): “el aumento del comercio, especialmente de la demanda”. Y hay que fijarse, hablando ya exclusivamente de los premios cinematográficos, que los premios más populares (Oscar, Goya, César, Donatello, ahora Gaudí en Catalunya) se dan, curiosamente a principios de año, es decir al inicio de la temporada cinematográfica, convirtiéndose así en ese “conjunto de principios y prácticas que buscan el aumento del comercio”, para desarrollar “especialmente la demanda”. Estamos pues, y hay que decirlo con todas las letras, en voz alta y desde todos los medios, ante unas simples, vergonzosas y manipuladoras maniobras para, como se dice vulgarmente “comer el coco al personal”, es decir, incidir en la voluntad, el gusto, la opinión y la capacidad pensante de cada potencial espectador, para que con florituras (los premios) vaya a ver tal o cual película. Es una práctica en nuestro país (no sé si en otros) y que se puede comprobar muy fácilmente, como muchas distribuidoras cinematográficas retienen el estreno de algunas películas hasta saber las nominaciones que tienen en tal o cual premio, o el fenómeno de una película que ha funcionada mal en el momento de su estreno y que cuando es premiada (el ejemplo más cercano ocurrió el año pasado con “La soledad”, el tostón de película de Luis Rosales, que tras ganar el Goya a la mejor película, fue repuesta consiguiendo más espectadores que en el momento de su estreno) vuelve a ser repuesta con honores de estreno y destacando (eso sí) sus premios. Ante la magnitud de la manipulación que significan los premios la pregunta que salta inmediatamente a la palestra es ¿quién está detrás de los premios? ¿los jurados, los académicos o los lobby? (grupo de personas influyentes, organizado para presionar a favor de determinados intereses). Porque cuando se comprueba, ya sin asombro, como la señorita Penélope Cruz es encumbrada una y otra vez, seguramente por su trabajo interpretativo menos brillante (se puede comprobar que no escribo para nada decepcionante, malo o peor), uno (y se me puede acusar de malpensado, retorcido o tonto), no puede evitar creer (aunque cada vez creer es más difícil) o si se quiere pensar (que también cuesta lo suyo) que detrás de nuestra gentil actriz española hay un lobby como una casa de payés como se dice en Catalunya. Que el cine, que para mí seguirá siendo siempre un arte, aunque haga mejores o peores productos cinematográficos, como pasa con la literatura, el teatro, la música, las artes plásticas y el largo etcétera que configura la dimensión artística y creativa del ser humano, deba vivir de esos premios y de ese marketing (mercadotecnia, please) es la más absoluta demostración de que vivimos el peor de los siglos, la etapa más negra de la historia de la humanidad, aunque quieran envolvernos el desastre en un bonito papel de libertad, igualdad y democracia.

Por: Miguel-Fernando Ruiz de Villalobos

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