Esta semana he tenido la oportunidad de ver Mi nombre es Harvey Milk. De nuevo un pase de prensa aunque sea algo muy puntual. Después recuperé Il Divo que todavía no había tenido tiempo para verla. Ambas tienen una particularidad que se ha estado repitiendo en exceso los últimos años, o cuanto menos a mi me lo parece, la del biopic que acaba centrándose más en la imitación del actor al personaje al que da vida que la propia historia sea más o menos veraz tenga un interés propio.
Normalmente los comentarios que hace la crítica y que utilizan las productoras y distribuidoras son los de fantástica caracterización o un trabajo de interpretación que confunde el actor con el personaje real. Javier Bardem en Mar adentro, Phillip Seymour Hofman en Truman Capote por poner dos ejemplos recientes. Caracterizaciones o imitaciones. El trabajo de un actor no debería ser tanto el de copiar como el de crear. Es más si nos fijamos en las mejores imitaciones, aquellas que han conseguido conectar con el público y sobretodo, lo más importante, que otros imitadores se las hagan suya e imiten la imitación en lugar del personaje, no son calcos de la realidad. Son personajes que acaban teniendo su propia personalidad, sus elementos grotescos o románticos.
Miremos a los más recientes, el programa Polònia, Artur Mas ha conseguido que la gente grite ‘Guapo-Gràcies’ por las calles de Catalunya sin ningún problema. Lo mismo con el ‘que cabrón’ del Pasqual Maragall del mismo programa. Nada tiene que ver estos dos políticos con las personas reales a quien imitan. Han tomado vida propia. Pero incluso los menos caricaturizados han acabando tomando el tono de sus imitaciones para ser más reconocibles por parte del público. Es el caso del alcalde de Barcelona Jordi Hereu a quien un gallo en un discurso su personaje sin características especiales lo tomó como gancho. Tal fue su efecto que el propio Hereu ahora hace la mitad de las frases de sus discursos a grito pelado. Lo que permite un ahorro en altavoces importante.
Los actores por supuesto, no son los únicos culpables de estas imitaciones, una de las culpas más graves es la falta de imaginación que existe actualmente en el cine mundial. Los guionistas terminan únicamente por utilizar historias existentes, sea a través de un libro, sea a través de una noticia, una obra de teatro o como está sucediendo actualmente, llevando la vida de personajes con más o menos interés a la gran pantalla a pesar que lo más sensato sería realizar un buen documental, pero que es más rentable ficcionar la realidad, adaptarla para conseguir una película interesante (o eso piensan) y olvidarse en algunos instantes de la realidad.
Aunque también los actores deberían estar más interesados en buscar personajes nuevos, los que deberían construir desde simplemente el texto de un buen guionista que supiera definir en palabras quien es esa persona, de donde viene, por que ha aparecido de esa manera en esa situación y ser capaz de hacer algo como lo que hizo Jordi Mollà en La buena estrella. Un personaje propio. O Robert De Niro en Taxi Driver. Ya parece que nadie quiere asumir estos riesgos y lo más fácil es o copiar o inspirarse. Dependiendo de si te pueden demandar por ello o no. |